La forma de dejar de jugar a la “chica linda” o de convertirse en una “chica mala”.

por | Oct 1, 2018 | Crecimiento personal, Vida Christiana

Después de escribir el último artículo sobre “porqué ya no quiero ser una “chica  linda”, recibí comentarios de personas que me dijeron que se sentían aliviadas por haber leído el final.
Simplemente porque lo opuesto a una “chica linda” – normalmente es una “chica mala”.
En nuestro uso de la lengua, el comportamiento de “chica linda” es algo que esperamos de nuestros hijos cuando vamos al médico, cuando la tía Martha viene a vernos o durante cualquier otra interacción social.

Conozco a mujeres que tratan de ser una chica linda, esperando que les ayude a encontrar a su tan esperado esposo, un trabajo o amigos. Por otro lado, el término “chica mala” se refiere a una mujer que es dura, que siempre dice lo que piensa – siempre, no importa cuántos problemas le causen, sin importar el daño que hagan a los demás. Una chica mala insulta a todos los que se le acercan demasiado y no le importa lo que los demás digan de ella.

Con esta definición en mente, entiendo porqué mis lectores estaban curiosos / preocupados por este artículo.

En el presente artículo, compartiré con ustedes porqué llegué a la conclusión de que tratar de ser una chica linda es una mala idea y lo que he aprendido en mi propia vida.

En el siguiente artículo, compartiré con ustedes pasos concretos para dejar atrás este papel de “chica linda” y entrar en la libertad de ser quien realmente son.

El principal problema de ser una “chica linda” es que trata de complacer a los demás. Es cuestión de apariencia. Se trata de normas sociales y de aceptación.

En mi experiencia -y lo que observo con las “chicas lindas” que me rodean- es que hay  un sentimiento  profundo de insuficiencia, de no ser suficiente, aceptable, amable, capaz, competente, digna, de ser sí misma.
Cuanto más baja es nuestra autoestima, más fuerte se  vuelve a este sentimiento de inadecuación, por lo que tratamos de ser esta “chica linda”, ya sea para nuestros amigos, la familia, el entorno de la iglesia, el trabajo, etc.
Por otro lado, hay personas preciosas que  conozco que, además de sentirse totalmente inadecuadas para lo que son, se han sentido incapaces de pretender ser esta “chica linda” – y han ido al otro lado, viviendo la vida de una “chica mala”.

Al tratar de ser esta “chica linda”, a menudo me he encontrado con el  sentimiento de ser inadecuada. Inadecuada para ser yo misma e inapropiada para ser esa chica linda que traté de ser.

Mi mundo emocional arruinó muchas situaciones al tratar de ser una “chica linda”. Realmente odiaba  el hecho de que me saboteara a mí misma en mis esfuerzos por ser esa persona educada, tranquila, obediente, servicial, cariñosa, dulce, gentil, gentil y amable, que pensaba que necesitaba ser para hacerme querer, para llegar a algo en la vida y para agradar a Dios.

Todavía recuerdo el día en que Dios me explicó cómo veía todo este asunto.

Me hablaba (no audiblemente, pero muy claramente a mi corazón) a través de esta pintura de Rembrandt.

Él me dijo:

“Jeanne, eres como ese hijo pródigo. Te sientes perdida, sola, inútil, incapaz e indigna de ser amada.
has arruinado muchas cosas, has  fallado varias veces en la vida, en cosas que eran tan importantes para ti.
Quiero recibirte por lo que eres -quiero cuidarte, devolverte la identidad que Dios te ha dado- al igual que ese padre de la pintura.

Me conmovió profundamente.

Pero Dios siguió hablándome:

“Jeanne, también eres como el hijo mayor. ¿Lo ves? ¿Ves la mirada en su cara? Mira al hijo pródigo con denigración y asco. Está furioso. Despué​s de todo,é​l estaba tratando de ser ese hijo amable, trabajando duro para su padre, como un sirviente. Siempre ha sido una persona educada, tranquila, obediente, servicial, amistosa, devota, gentil y lindo…. Piensa que la acción de su padre de recibir a “este hijo suyo” de vuelta es totalmente inapropiada e injusta.

Me explicó que ama mi voluntad, mi espíritu. Él ve todas las cosas que quiero hacer bien y le encanta.
Él ve  todas las esfuerzas que  hago para ser esta chica linda, para ser educada, tranquila, obediente, servicial, amigable, devota, dulce y linda.
Pero entonces me dijo que mi esencia, que realmente soy, no se encuentra exclusivamente en mi voluntad de hacer el bien tratando de ser una buena chica.

Que me amaba. Con mis emociones. Con la parte de mí que no es perfecta en absoluto. Con esa parte de mí que es capaz de cometer errores, de fracasar, esa parte de mí que no es perfecta, no importa lo que intente.
Ahora estaba conmocionado. Me dejó boquiabierto.

Oh, ¿en serio?

¿Era así có mo era yo mismo?

¿Realmente Dios me ve así?

Tenía que admitir que era verdad.

  • Odiaba esa parte de mí que no era perfecta.
  • Esa parte de mí que saboteó mis esfuerzos para ser esa “chica linda”.
  • Odiaba mis muchas emociones que a menudo eran incontrolables en situaciones en las que necesitaba que fueran “agradables y tranquilas”.
  • Odiaba el hecho de no poder hablar con fluidez, especialmente en situaciones en las que intentaba causar una buena impresión a los que me rodeaban, pero tartamudeaba, lo que he llevado toda mi vida conmigo hasta ahora.
  • Estaba muy enojada conmigo misma por no poder ser esa “chica linda” en la familia en la que crecí, donde experimenté más rechazo que amor, debido a mi comportamiento “malo y emocional”.
  • Estaba muy enojado conmigo mismo por lo que hice con mi inmadurez o ignorancia.

Escuchar cómo Dios ve toda esta situación me impresionó.

Comprendí que tenía que aprender a aceptarme a mí mismo, a ser quien era, con todas mis imperfecciones.

Que era el camino hacia la libertad, la salida de mi vida donde pasaba tanto tiempo tratando de ser esa “chica linda”.
El camino que me ahorrará el dolor de convertirme en una “chica mala”.
El camino hacia la libertad, en mi identidad y destino.

Ayer, estaba al teléfono con mi amiga. Compartimos nuestros corazones, hablamos de “chicas lindas”, de perfección, de aceptación y de ser libres.

Ella me dijo: “Nunca he conocido a nadie que irradie tal paz, en quien es, como tú lo haces. Y añadió: “Te conozco bien. No eres el tipo de persona que irradia perfección. Eres el tipo de persona que irradia amor, aceptación, gracia y conocimiento de tu Dios.

Me encanta eso de ti”.

Quedé muy impresionado y agradecido.

Dios me ha llevado hasta aquí.
Todavía hay momentos en que me siento avergonzado, inseguro o enojado conmigo mismo cuando he cometido un error significativo.
Sin embargo, hoy, conozco la verdad del punto de vista de Dios sobre este tema. Y aprendo a adaptar mi visión (seguida de mis sentimientos) a la manera en que Dios me ve a mí y a mi imperfección.
En el siguiente artículo, me gustaría compartir con ustedes las claves que me ayudaron a dejar de intentar ser esa “chica agradable” que busca la perfección para ser  aceptada – para entrar en libertad e identidad.

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