Etiquetas y diagnósticos que damos a nuestros hijos – y cómo les afectan.

por | Abr 2, 2018 | Educación, Vida de Familia

Durante mis años en Sudamérica, a menudo observaba cómo se llamaba a los niños con adjetivos en lugar  de sus nombres. Se  les llamaba “El gordito” , “flaquito” , “gringo”  “negrita” , “nativa”, “el churro” etc….. Al principio, cuando entendí lo suficiente español para entender el significado de esos apodos, estaba confundido y me sentí mal por estas personas .. especialmente cuando se  les llamaba “el gordito” en lugar del nombre real.

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Tengo un amigo boliviano con el apodo “Patito” porque de niño caminaba como un  patito. Cuando lo  encontré varios  años  después, y le dije que ya no debería llamarlo Patito.  Se rió y dijo: No, hoy soy “Pato”…

A pesar de lo extraño que fue para mí al principio, me acostumbré rápidamente – y me gustó  mi propio apodo  “Gringita”, que  me fue dado cariõsamente por una abuelita de Potosí, Bolivia.

En Suiza no hacemos eso. No puedo imaginarme llamar a mis hijos, a mis amigos o a mis compañeros de trabajo “Hola, gordito”! o: “Hola, flaco”. Eso sonaría ridículo y grosero en nuestro  lenguaje cotidiano!

Sin embargo, todavía estamos etiquetando a la gente, e incluso a nuestros propios hijos. Tal vez no llamemos a una niña que  pesa unos kilos más de lo que debería:  “Hola, gordita”.  Tampoco llamamos a alguien “blanco” o “negro” dependiendo del color de su piel.

Pero la verdad es que si no damos cuenta de lo limitantes que son las etiquetas, todavía las usaremos.

El poeta alemán Goethe dijo una vez:

“Trata a las personas como si fueran lo que deberían ser y  vas  ayudarlas a convertirse en lo que son capaces de ser”.

Esto significa que debemos tener en mente una visión lo más positiva posible de nuestro hijo.

En  siguiente son las cuatro opciones que podemos tomar para etiquetar a nuestros hijos, de lo peor a lo mejor:

 Primera manera: Condenatorio

Llamar a nuestros hijos con nombres como: “tonto”, “idiota”, “estúpido”, “imbécil”, “pedazo de tronco, ” o “maldito”.

Segunda manera: verles a traves de un diagnóstico:

Etiquetado educativo como TDAH, hipersensibilidad, etc.

Tercera manera: Encontrar lo  positivo:

Activo, alerta, cazador, visual-espacialmente orientado, hemisferio derecho.

Cuarta manera: Enfoque en la singularidad

Una mezcla única de los rasgos positivos que hacen a su hijo tan especial.

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Creo que la mayoría de mis lectores están de acuerdo conmigo que la primera manera es la peor manera. Nunca debemos llamar a nuestros hijos “tonto”, “estúpidos”, “idiota”, “imbéciles” o “maldito”.
es hiriente para el corazón de un niño y perjudicial para nuestra relación con el niño.

Tal vez se preguntan por qué la segunda manera viene justo después de estas etiquetas hirientes. En este libro, Amstrong explica:

“Los defensores de estos diagnósticos a veces dicen que el uso de estas etiquetas es liberador para muchos padres e hijos. Nombrar algo que les ha preocupado durante años proporciona una manera de controlar y, hasta cierto punto, superar esta confusión. No es raro que un padre diga “Solía pensar que mi hijo estaba loco, que  yo estaba loca… que mi hijo era perezoso y desmotivado… Ahora me doy cuenta de que es porque tiene TDAH”.

Estoy de acuerdo en que el uso de los términos TDAH es un paso delante de las etiquetas que mencionamos anteriormente, como en la primera manera.

Él continúa  explicar que como padres, podemos hacerlo mejor que reducir a nuestros hijos a una etiqueta, tan útil como esa etiqueta puede estar para nosotros como padres.

Como vemos con la tercera manera, la etiqueta se vuelve más abierta. Sin embargo, esto sigue siendo un estereotipo que consiste en explicar cómo es el niño. ” Sí, ya sabes, mi hijo hace eso o eso, porque es un cazador.” Suena bien y no hay nada malo en usar estas explicaciones sobre cómo  funcione nuestro hijo.

Y si usted ha tenido años para soportar berrinches, luchas de poder, desafíos y otras dificultades, entonces está haciendo un trabajo excelente al etiquetar este comportamiento como “cazador” o “activo” en lugar de insultar a su hijo o reducir su comportamiento a un diagnóstico.

Luego tenemos la cuarta manera.

Y como familia, hacemos todo lo  posible de actuar siempre esa cuarta elección, actuar de la cuarta manera.

Sé por experiencia lo que significa ser etiquetado. En mi familia, estaba claro para todos nosotros que una de mis hermanas era “perezosa”. Era algo “normal” para  nosotros de decirlo y podíamos observar su pereza con bastante frecuencia.

Mi otra hermana era la que “no era muy inteligente”. Luchando en la escuela y sin entender sus tareas escolares.

Yo mismo era la que “no era normal”. El TDAH fue mi historia y se me pegó como un súper pegamento en el papel. Los primeros años fuera de casa (salí de casa a los 16 años), intenté volverme “normal”. Odiaba ese diagnóstico de TDAH, simplemente porque definía completamente quién era yo.

¿Por qué siento lo que siento? Bueno, porque tengo TDAH!

¿Por qué veo las cosas como las veo? Mi TDAH me obliga a verlos así!

Luché para volverme “normal” hasta los 24 años, cuando sentí que Dios me decía:

“No puedes luchar para convertirte en algo que ya eres: “normal en tu unicidad”.

Hoy en día, amo mi unicidad. Benny nunca me ha visto, y nunca me ve a través de los ojos de  una etiqueta. En nuestra familia, cultivamos esta libertad, celebramos la unicidad.

Hay muchas situaciones con nuestros cuatro hijos en las que podríamos haber etiquetado a nuestros hijos…

  • Uno de nuestros hijos siempre mentía.
  • Uno de nuestros bebés era ultra sensible al ruido, la luz y las emociones. Este bebé sólo dormía en mis brazos e incluso durante los días no podía ponerlo en su cuna ni cochecito.
  • Uno de nuestros hijos no quería alejarse de nosotros, ni siquiera cuando era ya más grande – todavía estaba pegado a nosotros.
  • Otro niño tenía una voluntad tan fuerte que tenía rabietas varias veces al día.
  • Un niño tenía miedo de todo lo que era nuevo y a veces parecía débil y cobarde.

Como familia, hemos decidido nunca etiquetar a un niño, nunca limitar a un niño a algo que él o ella hace por un tiempo (la mayoría de los puntos mencionados anteriormente están en el pasado y  ya no son una realidad de ese niño), nos negamos a ver a nuestros niños a través de los ojos de esos desafíos, esos comportamientos.

Lo que hacemos es aprender a entender lo que cada niño necesita para crecer, madurar, convertirse en lo mejor que puede ser, y celebrarlo en el camino hacia la madurez en su carácter único.

 Miro mi vida y sé que nunca sería la mujer, la madre, la esposa que soy hoy, si hubiera aceptado esta etiqueta. Nunca tendría el coraje de ponerme de pie en mi unicidad y ser esa bendición que sé que estoy en las vidas de otros.

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Tú también lo eres.

Eres único. No eres un diagnóstico. No una etiqueta. No te dejes reducir a una explicación limitada de quién eres.

Lo mismo sucede con tus hijos. Son mucho más, tan únicos, tan especiales. Es sólo con este conocimiento que pueden ser esta bendición en su unicidad, que están destinados a ser.

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